Cuando De Gaulle, el fundador de la rama francesa del peronismo, llegó al poder luego de la debacle de la segunda guerra mundial logró un truco fenomenal. Se coló en la mesa de los ganadores e inventó el mito de la Francia Resistente. El mundo y los franceses creyeron, o quisieron creer, que la Colaboración, las instituciones de Vichy o los policías que entregaban chicos judíos que los nazis no habían pedido, eran hechos tan criticables como aislados. De Gaulle quería gobernar, reconstruir, alejar el fantasma del comunismo y no buscar la verdad y castigar culpables.
Cuarenta años después, Alfonsín apoyó la Teoría de los Dos Demonios. Fue el precio que aceptó pagar para juzgar a los responsables materiales del terrorismo de Estado y para terminar con el péndulo entre gobiernos civiles y dictaduras militares. Tanto el peronista francés como el radical argentino querían fundar una nueva legitimidad política. Empezar de nuevo.
Veinticinco años después son pocos los que sostienen públicamente la Teoría de los Dos Demonios, más allá de energúmenos iletrados como la Pando o ilustrados como Massot. La nueva teoría de consenso es la del Demonio, único.
Es una teoría amistosa, que limita la responsabilidad a una banda de sádicos que un día invadió a los civiles, como los nazis ocuparon Francia. Como los empresarios y burócratas de Vichy transformados en pilares del nuevo régimen, los que dieron prensa, recursos, apoyo exterior y equipos de gobierno a la dictadura, quienes diagramaron y se enriquecieron con el saqueo, quienes invitaron a los militares al Jockey, al casamiento de sus hijas, a sus directorios y a sus programas de televisión, hoy están en la vereda de los buenos ciudadanos, tirándole piedras a Astiz y al Tigre Acosta, escandalizados por los crímenes de sus antiguos empleados.
Bajo ese ángulo afable, la dictadura no fue un hecho político, de disciplinamiento social y enorme transferencia de riqueza desde los trabajadores hacia el capital sino una terrible calamidad, una anomalía, una invasión de criminales que por suerte hoy podemos finalmente juzgar.
El Demonio es un analgésico colosal que permite que el ex gerente de RRHH de Mercedes-Benz que entregó la lista de sindicalistas a la Capucha hoy pueda disfrutar de la misma placidez de conciencia que el policía jubilado francés que entregó a esos chicos judíos que los nazis no le habían pedido.
El demonio es otro.