“Los planes sociales son la política del soborno.”
“Kirchner tiene la psicología del tirano.”
Marcos Aguinis, piscólogo político
“Cristina y Néstor son la misma cosa. Si llegara a ganar cualquiera de los dos Kirchner, hay que despedirse de la democracia.”
Juan José Sebreli, escritor apocalíptico
“La inseguridad ya no es una amenaza: estamos en la selva.”
“Desfigurada por las violaciones incesantes que padece, la democracia argentina va perdiendo casi todo lo que ganó en este último cuarto de siglo.”
Santiago Kovadloff, filosofo asustado
Beatriz Sarlo brilla con luz propia dentro de la crítica antikirchnerista aunque, como Cristina, se agiganta cuando se la compara con sus microscópicos pares. A diferencia de las señoras gordas asustadas en las que se convirtieron muchos de nuestros intelectuales, Sarlo conserva un discurso pensado. Sus artículos no son quejas de cola de verdulería ni tampoco inofensivas colecciones de lugares comunes.
“Voy a votar libremente porque no estoy ni invadida por un país extranjero ni en situación de crisis terminal. Voy a votar con libertad”, explica y esa tenue constatación la ubica a años luz de la histeria opositora.
Sin embargo, hay escollos que no logra superar. El Intencionalismo es uno de ellos. Sarlo está tan obnubilada por las intenciones del kirchnerismo, siempre siniestras, que se olvida de las iniciativas políticas. Es una intelectual fascinada por la política que no habla de políticas sino de “la falta de escrúpulos en el uso del aparato del Estado” o del “uso instrumental de los derechos humanos”.
Lo relevante, es decir las políticas que desde el gobierno permitieron reanudar los juicios por DDHH, parecen importan menos que las siniestras intenciones que se esconden detrás.
Sarlo rescata a Graciela Fernandez Meijide, desprovista de ese terrible “uso instrumental de los DDHH” como el contraejemplo de Kirchner, pero omite que Fernandez Meijide dejó un país en llamas.
“Kirchner actúa como si él fuera un soberano” acusa Sarlo. Aunque fuera cierto, eso no tendría ninguna importancia. Mientras respete la ley y la Constitución, mientras acepte el resultado del voto popular, un presidente puede actuar como si fuera un enviado de Jehová o el Zar de todas las Rusias.
En la MAK soñamos con intelectuales que se olviden de las intenciones de nuestros políticos, por definición opacas, inobjetivables y cambiantes, y se dediquen a aquello que los politólogos y los historiadores solían hacer hace tiempo: analizar políticas.
