“(…) Cada ciclo dura un kalpa; ciertas ilustraciones clásicas pueden ayudarnos a concebir estos períodos casi infinitos. Imaginemos una montaña de piedra de dieciséis millas de altura; cada cien años la roza una tela finísima de Benares. Cuando ese roce haya gastado la alta montaña, no habrá pasado un kalpa.”
Borges y Alicia Jurado / Qué es el budismo
En la Argentina, ocho años equivalen a un kalpa. A la luz de nuestra historia reciente, el ciclo kirchnerista, que continúe o se termine en octubre, es de largo plazo. La originalidad de que ese largo plazo concluya sin catástrofes terminales, sin muertes, hiperinflaciones o desempleo, lo hace aún más notable, extendiéndolo a casi dos kalpas.
Sin embargo, ese extenso ciclo transcurrido sin calamidades no parece generar ningún a priori favorable hacia el oficialismo por parte de la mayoría de los analistas. Las profecías no cumplidas no solo no perturban la construcción de otras nuevas, siempre apocalípticas, sino que parecen confirmarlas. El ¨veranito¨, el ¨gobierno por un año¨, la ¨bomba de tiempo¨ que le iba a explotar a Cristina apenas asumiera, el ¨fin de las reservas¨, dejan lugar a otros deseos, disfrazados de análisis objetivos.
El amigo Mocca desmenuza uno de ellos, una nota de Vicente Palermo, en su muy recomendable artículo La catástrofe como argumento.
Escribe Palermo: “Una de las ventajas (de que gane Cristina) es que le explotaría al actual gobierno la bomba de tiempo que, sabiéndolo o no, se ha dedicado a montar. Sobre todo en la economía, pero también en la política del mundo kirchnerista, se puede escuchar el ominoso tictac de un explosivo que será un desafío mayor a la gobernabilidad cualquiera sea el triunfador de octubre”.
Concluye Mocca: “Gane quien gane, dice Palermo. Lo que equivale a decir que la elección no cambia el futuro, piedra angular del discurso antipolítico que ha causado estragos en el país y no solamente en el país.
Las crisis políticas no son tsunamis que desata la naturaleza. Son producto de la acción -o la inacción- de hombres y mujeres. El anuncio de desgracias cuyas causas no se explicitan roza con la manifestación del deseo a favor de que efectivamente se produzcan. Si se prevé la catástrofe, tal vez la actitud más digna sea explicar su naturaleza y llamar a conjurarla, aun con el riesgo de no ser entendido. De otro modo, la catástrofe termina por convertirse en un pobre argumento político hijo del resentimiento y la impotencia.”
